Sobre Iran

IRÁN, CUNA DE CIVILIZACIÓN, ENCRUCIJADA DEL MUNDO Y DE LA HISTORIA

 

Irán, también llamada Persia por los occidentales hasta mediados del siglo XX, debe verse, mirada desde cualquier ángulo, como un tesoro de valor incalculable para el turismo por su rica variedad de atractivos. Sus monumentos, su rica cultura y su diversidad geográfica atraen al turista sea cual sea los gustos o las tendencias de éste.

 

Desde el punto de vista histórico, Irán ha sido la cuna del primer y gran imperio de la Humanidad, los Aqueménidas, que hace 25 siglos fundaron el país que hoy es la República Islámica de Irán, y cuyos restos están hoy desperdigados por toda la parte sur del país.

 

En lo que se refiere a la geografía, Irán es conocida como una “encrucijada del mundo”. Este vasto territorio ha sido a lo largo de la historia lugar de confluencia entre Oriente y Occidente, y, desde los bosques semitropicales del litoral del Caspio hasta los ardientes desiertos del centro, desde el mar hasta las tierras áridas, y desde las costas hasta las cimas de las más altas montañas de la cordillera del Arburz, todo ha sido hollado por los pueblos más variopintos, los cuales han establecido sus reinos más o menos efímeros.

 

Por otro lado, la gran extensión geográfica y escarpada orografía se traduce en un amplio abanico de variedad climática. Así, mientras que en el noroeste del país nos puede sorprender una nevada, en el sur podemos disfrutar del sol tumbados en las playas del mar de Omán o del golfo Pérsico, o disfrutar de todas las frutas que ofrecen cualquier estación en cualquier momento del año, dependiendo de donde nos encontremos.

 

El millón doscientos mil monumentos registrados convierten a este país en uno de los más privilegiados del planeta en cuanto a legado cultural. Asimismo, sus cualidades políticas, es decir, el hecho de que sea una república islámica de confesión chií —la única en el mundo—, ha acentuado más si cabe el carácter singular de esta nación, si bien hay que lamentar que la propaganda irreal y negativa lanzada por no pocos medios occidentales que han estado satanizando a Irán y a los iraníes desde 1979, ha dañado la imagen verdadera de este pueblo y su cultura hasta hacerlas irreconocibles, y ha provocado que los extranjeros nunca hayan podido conocer bien el sistema político islámico que los iraníes escogieron en las urnas para ser gobernados. Sin embargo, este hecho es seguramente visto como un acicate más por aquellas personas curiosas y avispadas que gustan de ver y presenciar con sus propios ojos las cosas, sin las medias tintas, nunca mejor dicho, de los medios de comunicación e incomunicación que lo quieren amañar todo.

 

Afortunadamente, el elevado índice de seguridad del que se goza en Irán es un factor de mucha relevancia a la hora de atraer el turismo. Muchos extranjeros que han visitado Irán en los últimos años no sólo han salido más que satisfechos por haber podido ver grandes atractivos monumentales, naturales y turísticos, sino que además, allí donde han puesto el pie, han podido disfrutar de seguridad total, amén de la cálida hospitalidad de los ciudadanos iraníes, dejándoles tal sabor de boca que se han convertido en verdaderos amantes de Irán, país con el que han quedado embrujados y convierten en su destino habitual de vacaciones.

 

El Irán actual es el resultado de una amalgama de culturas, lenguas y religiones que se han mezclado en el crisol de un tiempo que se remonta a la protohistoria. Los restos históricos, testigos mudos de las civilizaciones que los crearon, nos muestran cómo era la vida de aquellas naciones que habitaron la meseta del Irán en diferentes períodos. Desde los pueblos preindoeuropeos, como los elamitas y los lulubíes, y desde el comienzo de la historia de Persia y los persas propiamente dicha hasta nuestros días, o, lo que es lo mismo, desde el rey Ciro hasta el Imán Jomeini, este pueblo ha legado a la humanidad ciudades palaciegas como Persépolis, cuyo color arena se combina con la majestuosidad de los colores azules y turquesas del lapislázuli utilizados en las mezquitas y santuarios, y unas ruinas cuyo ruidoso silencio, interrumpido de vez en cuando por el alborozo de los visitantes, se asemeja al silencio devoto y místico que impera en el ambiente de los actuales edificios religiosos; mezquitas, iglesias y templos de fuego.

 

IRÁN, MUSEO VIVO DE LA HISTORIA

 

La larga, agitada y accidentada historia de este país, que ha dejado un rastro de un millón largo de vestigios, como antes apuntamos, le ha merecido un puesto innegable en el panorama histórico y turístico a nivel mundial, además de hacerlo merecedor del epíteto de “museo siempre vivo de la historia.”

 

Sus antiguas mezquitas, de extraordinario valor arquitectónico, sus antiguas iglesias, sinagogas y pireos o templos de fuego de los seguidores del zoroastrismo, palacios con lujo oriental, frondosos jardines, caravasares imponentes, mansiones señoriales, edificios aclimatados a la región, puentes hasta cinco veces centenarios y bazares a la oriental, conforman sólo una parte de los atractivos turísticos de Irán diseminados por toda su geografía, los cuales, sumados a la hospitalidad, amabilidad y calor con el que los iraníes acogen al visitante, convierten a este país en uno de los destinos más atractivos para el turista que desea desconectar de verdad de la rutina del trabajo y pasar unas vacaciones de ensueño.

 

En este breve recorrido por este museo de 1.648.000 kms cuadrados no queremos dejar de aludir al arte y a la artesanía que se ha desarrollado a lo largo de toda la historia del Irán. La industria, el arte y la artesanía mantienen un vínculo estrecho e innegable con la historia de toda civilización. En sus excavaciones, los arqueólogos han hallados restos humanos del paleolítico medio en las montañas Bajtiari, donde ya se confeccionaban vasijas de barro, lo cual indica que la civilización que habitaba la meseta del Irán es al menos medio siglo más antigua que la egipcia y un milenio más que la del Indo.

 

Así, una de las mayores aportaciones que los distintos pueblos que han habitado el Irán han hecho a la civilización humana es la relacionada con el arte. En el Irán ya se confeccionaban vasijas con motivos y adornos entre el IV milenio a. C., y otras artes como la orfebrería tampoco le iban muy a la zaga, según se ha podido ver en las tumbas desenterradas.

 

Por otro lado, ya en la época en que los persas crearon su primer imperio, el aqueménida, éstos supieron elaborar un arte sincrético en que lo griego se fundía con lo mesopotámico, y lo jonio con lo sumerio, creando una forma autóctona artística y arquitectónica cuyo mejor ejemplo lo podemos observar en Persépolis.

 

La particular ubicación geográfica de Persia, como corredor que comunica Oriente y Occidente y lugar de paso obligado de los mercaderes que hollaban la Ruta de la Seda cargados con sus especias y objetos valiosos, unido a la curiosidad y el ingenio de las gentes del país, son parte de las causas del florecimiento del arte y la industria en Persia, cuyos habitantes han sabido configurar de manera autóctona toda aportación extranjera en este sentido.

 

Obviamente, con el avance de la tecnología, hoy el arte iraní se divide en dos grandes ramas, la hecha a mano y la que se realiza con máquinas, si bien una gran parte de dicho arte no dispone de otras herramientas que las manos encallecidas de hombres y mujeres que continúan realizando su labor artesanal tal como lo hacían sus más remotos antepasados.

 

Naturalmente, es esta la artesanía la que busca el turista, que está dispuesto a meterse en los más oscuros y perdidos rincones de los bazares para hallar la pieza que busca y llevársela a casa. En esta artesanía es donde se refleja el arte, el gusto y la destreza de un pueblo. En ella es donde podemos ver la cristalización y la impronta del pensamiento de una nación, y, por el estado de conservación en la que se encuentra es cómo podemos juzgar los ideales de un pueblo, y, en este caso, el iraní, sale bien parado por cuanto en Irán se pueden hallar en los museos el mayor número de piezas de arte mejor conservadas del mundo, procedentes de eras tan lejanas como la aqueménida y la sasánida, y otras más recientes como la safaví.

 

En fin, la artesanía en Irán se remonta, como hemos podido ver, a varios miles de años de antigüedad, y, auque ésta ha sufrido muchas vicisitudes y altibajos en su larga historia, no obstante jamás ha desaparecido, habiendo tenido siempre un papel relevante su producción. Conocida mundialmente es su industria de alfombras, kilims y otros tipos de nombre intraducible, su artesanía de taracea, diferente según la región, repujado sobre metales nobles, bañados de oro, cuchillería, fabricación de candados, bordado, fundición, pintura sobre cristal, esteras, tintorería, estampados, tejidos de todo tipo (seda, algodón, lino etc...), miniaturas, iluminación de libros, pinturas sobre cuero, marroquinería y un sin fin de productos, son algo más que simples objetos de consumo y distracción ya que en ellos se puede ver reflejado el alma artística de la que los iraníes siempre han hecho gala.

 

IRÁN, TIERRA DE LAS CUATRO ESTACIONES

 

Su situación geográfica coloca a Irán en la tabla de países pertenecientes a Oriente Medio. Sus aguas comunican al océano abierto a través del Mar de Omán y del golfo Pérsico, y, su costa norte, está bañada por las aguas del mar Caspio, el lago —a pesar de su nombre—, más extenso del planeta.

 

Irán limita a noreste con Turkmenistán, al noroeste con Azerbaiyán y Armenia, al oeste con Turquía e Irak y a este con Pakistán y Afganistán. Los territorios del sur tienen como frontera las aguas del mar de Omán y del golfo Pérsico.

 

A simple vista puede determinarse el clima de Irán en dos unidades: árido o semiárido para casi todo el país y subtropical a lo largo de la costa del Caspio. Esa aparente sencillez climatológica puede pillar desprevenido a más de un turista ya que la ubicación de Irán, en una latitud entre 25° y 40° N, permite la existencia de las cuatro estaciones bastante bien delimitadas. Con la distancia entre el norte y el sur del país supera los 15°, las condiciones que afectan a la latitud se dejan notar (más frío cuanto más al norte), el escarpado relieve montañoso y las grandes masas de agua, crean microclimas que presentan importantes diferencias térmicas. La diferencia de temperaturas entre un punto y otro del país en el mismo día, puede llegar a ser abismal. Por ejemplo, durante un día cualquiera del mes de octubre podemos estar a 42° en Bandar Abbas, o a 2° en Tabriz.

 

El Monte de Alborz en el Norte de Teheran 

La cordillera de Alburz es el accidente geográfico que más afecta al clima en el norte del país. Actúa alterando la circulación de los vientos, constituyendo una barrera infranqueable para el aire cargado de humedad procedente del Caspio, esa humedad choca con las montañas, se enfría y se convierte en lluvia. El mar actúa como un gran termostato realizando una función moderadora de las temperaturas. Los aires siberianos se templan al pasar sobre el mar y alcanzan las costas iraníes con unos cuantos grados de más.

 

 

El desierto de Kavir, quizá el más estéril del planeta por su alto contenido de sal

 

Irán es pobre en lluvias. El promedio de precipitación anual es de 240 mm. Los extremos pluviométricos van del medio mm. en la zona central del Kavir-e-Lut hasta los 2.000 mm. en Astara, provincia de Guilán.

 

Otoño e invierno son las estaciones más lluviosas. En la meseta se dan temperaturas altas y muy altas entre los meses de abril a septiembre. Los inviernos son rigurosos y fríos; la nieve cubre las cordilleras del norte y parte del oeste del país. Las restantes partes del año son épocas de transición. Las costas del golfo Pérsico y el mar de Omán gozan de inviernos suaves o incluso cálidos. Durante el verano se alcanzan valores extremos, casi tórridos. La costa del Caspio es la más templada, aquí el calor nunca es acusado ni tan siquiera en verano y de la misma manera los inviernos son moderados, sin alcanzarse las temperaturas mínimas que pueden darse en la meseta.

 

En el norte de Irán y en la rivera del Caspio, con su clima semitropical, se encuentran los bosques más frondosos y umbríos de  Oriente Medio y Asia Central.

 

Manantiales de aguas transparentes, huertas de árboles de fruta variada, campos de flores, migraciones de las tribus, noches estrelladas, una interminable orografía accidentada, volcanes apagados y cubiertos de nieve, bosques exuberantes en el norte, la extensa cordillera de Alburz, incomparables grutas, las costas del mar Caspio, diversión acuática en el golfo Pérsico, las bellas islas de dicho golfo, desiertos de arena y sal únicos en el planeta, ríos pequeños pero rumorosos, cascadas naturales, lagos de agua dulce y salada, charcas, humedales... todo ello es sólo una parte de los maravillosos paisajes que pueden seducir al turista que visita Irán.

 

Irán se encuentra al sudoeste del continente asiático. Como hemos visto, su geografía y sus paisajes naturales es de lo más variado, debido, por un lado, a la gran extensión del país, y, por el otro, a lo accidentado de su terreno, que van de las llanuras de las costas, hasta las elevadas cumbres de casi 6.000 metros, pasando por mesetas de más o menos extensión, a veces bordeadas por montañas que constituyen verdaderos muros naturales. En el norte y noroeste del país, sobre todo en la ribera del Caspio, podemos adentrarnos en umbrosos bosques semitropicales, mientras que en el centro y sudeste, los más terribles desiertos —algunos salados, como el Kavir—, son los reyes de la geografía.

 

En cuanto a la zona oeste y norte, ambas están dominadas por las cordilleras de los Zagros y el susodicho Alburz respectivamente, formando, mutadis mutandis, una especie de uve invertida. La altura de ambas cordilleras es tal que siempre han sido consideradas dos muros naturales. Los Zagros, por ejemplo, se han considerado no pocas veces como el lugar donde termina el mundo árabe y comienza el mundo persa, y, en cuanto a la cordillera de Alburz —que ésta rematada por el volcán apagado de Damavand, de 5.671 metros de altura—, se extiende hasta Afganistán.

 

Los alpinistas siempre desean subir a lo más alto, en Irán, el objetivo es claro: el Damavand. Puede ser ascendido en verano en forma relativamente fácil por su vertiente sur, y con más dificultad por sus otras tres caras. Un plan ideal para la ascensión es: Trekking de aclimatación en alturas entre 3.500 y 4.000 metros durante tres o cuatro días. Tres días para la subida partiendo desde Reine (provincia de Mazandarán) y día y medio para el descenso. También hay otras cimas de volcanes apagados o en semiactividad, como el Taftán y el Sabalán, en Sistán-Baluchestán y Ardebil, respectivamente.

 

El Damavand en primavera 

 

La situación geográfica de Persia, en la confluencia de tres continentes, Asia, Europa y África, ha hecho que cualquier vicisitud natural o social que sucediera en los mismos haya impactado de forma más o menos directa en Irán. Con esta situación de encrucijada, Irán también se ha ganado el título de “camino real del mundo.”

 

El hecho de que al mismo tiempo se dé en Irán las cuatro estaciones, por las razones antes expuestas, hace de este país un lugar casi único en el planeta. En Irán, a la vez que los bañistas se divierten nadando o practicando el esquí acuático en las aguas del golfo Pérsico o del mar de Omán, otros esquían sobre la nieve en las montañas del norte, o escalan las cumbres de los volcanes apagados. Mientras en las costas del mar Caspio se puede disfrutar de una primavera lozana, en los Zagros se respira una atmósfera otoñal, en el sur se abanican de calor, en el noroeste se encienden las estufas y en el centro, en los desiertos, la arena sigue su tueste milenario bajo un sol abrasador.

 

Es por ello que Irán tiene unos paisajes naturales —edénicos y lunares— difíciles de explicar, y cuya belleza sólo puede apreciarse in situ. Irán es uno de los escasos países del mundo con un entorno natural tan drásticamente variado, pues, como se ha visto, mientras las dunas de arena del desierto se queman bajo un sol de justicia, a la vez, tormentas de nieve sacuden las montañas, y mientras los lagos de agua dulce como el Bajtegán, en Fars, rezuman de vida, en otros, como en el de Urumiyeh, la elevada salinidad de sus aguas no permiten la proliferación de ningún tipo de organismo ni macroscópico ni microscópico. Todo esto ha convertido a este país en un enorme museo de las cuatro estaciones.

 

En fin, estos chocantes contrastes son también uno de los atractivos turísticos del país. El turista podrá comprobar que en una breve excursión de una o dos horas podrá dejar de esquiar en las nieves del Sabalán para irse a bañarse en las aguas del Caspio. El turista que se canse de Teherán, podrá tomar un taxi y, después de cruzar el túnel de Kandován, dejar de ver el color acre de las arenas del desierto para adentrarse en unos bosques cuya frondosidad sólo es superada por los amazónicos.

 

                

Tierra de contrastes. A la derecha, los desiertos del sur, y a la izquierda, los frondosos bosques y valles de la ribera del mar Caspio.

 

ATRACTIVOS HISTORICOS Y ARQUITECTÓNICOS

 

La larga historia de Persia y su protagonismo en los importantes episodios de la humanidad ha dejado una estela de valiosos monumentos, ciudades abandonadas y construcciones ciclópeas que son a la vez testigos mudos y locuaces de los periodos históricos que divide a la nación persa en dos mitades casi idénticas, 1200 antes del Islam y poco más de 1400 de historia musulmana. En este largo intervalo de tiempo reyes persas como Ciro aparecen en la Biblia, los arsácidas y los sasánidas batallan contra las huestes romanas y el Islam atraviesa los montes Zagros a mediados del siglo VII para transformar espiritualmente a los persas, pero dejando intacta su alma, que sigue siendo la misma, lo cual se refleja con gran fidelidad en los monumentos que ha legado para la humanidad, con una arquitectura, primero medio mesopotámica, pero con impronta persa, luego grecopersa, más tarde helenística, y, posteriormente, llegado el Islam, con unas mezquitas primero “importadas” de la península Arábiga, pero que acabaron diferenciándose de manera radical de las del mundo árabe para crear un arte arquitectónico religioso autóctono que pronto pasó a la India musulmana. Toda esta transformación se manifiesta en todos los aspectos de la cultura persa, como en la literatura, la poesía, la religión, la filosofía y las ciencias, que no son aspectos para tratar aquí, pero baste señalar que todo ello ha configurado la mente creativa de esta nación en su arquitectura civil y religiosa y en sus artes pictóricas.

 

No son pocos los monumentos que han sido registrados en Irán por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, aparte de los que el propio estado iraní ha inscrito en su lista. El patrimonio monumental de este país está formado por mezquitas, palacios, templos de fuego o pireos, caravasares, fortalezas, ciudadelas, edificios civiles y religiosos, puentes, bazares, etc., que son los testigos a la vez mudos y locuaces del devenir de la historia de Persia a los que antes nos referimos.

 

El hecho de que la historia de este país no comenzara con la islamización, sino que ya antes arrastraba más de un milenio de historia y religión propia —la zorostriana—, con su propios sectarismos —maniqueos, mazdaqueos—, y sus propias minorías —cristianos nestorianos y judíos—, es el factor principal de su abigarrada y compleja situación en el panorama cultural y religioso de la humanidad, lo cual se refleja en gran medida en su propia evolución artística y arquitectónica.

 

Desde las salas hipóstilas del palacio de Persépolis, con sus leones alados diseñados para infundir temor, hasta los palacios de los safavíes, que rebosan sensualidad, pasando por las casas rústicas, las mansiones señoriales, las cúpulas simples sostenidas por cuatro columnas y un pórtico, y los patios interiores de las mezquitas y sus alminares, todo ello forma parte del arte genuino persa que se ha mantenido intacto a lo largo de los siglos, y que se ha configurado, a veces por influencia del sentir religioso, otras con aplicaciones políticas, y otras, por puro pragmatismo.

 

Pero en Irán podemos admirar monumentos que fueron erigidos siglos antes de que Zoroastro viniese al mundo. Si es harto conocido el dicho que quien no ha visitado Persépolis no ha viajado a Irán, aunque haya recorrido todo el país, otro tanto se podría afirmar de las ruinas de la ciudad de Susa, a unos 30 kms al sureste de la actual Shush, donde se enclava el zigurat mejor conservado del mundo, el Choqa Zanbil, y que ha sido registrado por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad. Este monumento, que fue erigido alrededor del 1250 a. C., es muy diferente de sus pares de Mesopotamia.

 

Algunos arqueólogos defienden la idea de que las columnas son un recurso arquitectónico que ya se utilizaba en el Irán desde hace unos seis mil años. En este sentido, el monumento más importante hallado en el país es la fortaleza de Hasanlu, al sur del lago Urumiyeh, cerca de la localidad de Naqdeh. Pues, de la misma manera que el zigurat de Choqa Zanbil es una muestra de la arquitectura religiosa de la meseta de iraní en el II milenio a. C., las grandes salas hipóstilas, corredores, aposentos, torres y muros de esta fortaleza es un ejemplo de la arquitectura civil preindoeuropea.

 

Sin embargo, iban ser los aqueménidas indoeuropeos, a partir del siglo VI a. C., quienes iban a crear un arte arquitectónico sincrético que marcó a Persia durante más de mil años y que sólo sería igualado en el del periodo musulmán. Los artesanos aqueménidas realizaban su labor, al parecer, exclusivamente, en los centros y capitales del Gobierno, como Persépolis, Susa, Pasargadas y Hamadán, creando una obra que ni los 25 siglos que nos separan desde que fueron erigidas han podido borrar del todo su magnitud. Esta fue la dinastía que ideó las columnas con capiteles en forma de león, caballo, águila, o bien de una combinación de toro con alas de águila rematado con una cabeza humana, unas columnas altas de por sí y que aún lo parecen más debido a los surcos que las recorren de arriba a abajo. Los edificios más importantes que nos han legado los aqueménidas son los palacios, las tumbas y los templos de fuego.

 

Persépolis.

 

Después de Pasargadas, lo más hermoso que se ha conservado de esta dinastía iniciada por Ciro el Grande son las ruinas de Bisotun, que pueden visitarse cerca de Kermanshah. Mientras la capital Pasargadas del Imperio Persa seguía gozando de prosperidad, el rey Darío decidió hacer de Susa su nueva capital, por lo que se puso manos a la obra para erigir su propio palacio, no de piedra, sino de ladrillo, según las características climáticas del lugar. Según una tabla desenterrada y en la que el rey Darío habla en primera persona, para la construcción de su palacio real había contratado a artesanos babilonios, medos, lidios y egipcios y había hecho traer los materiales de lugares lejanos. En las excavaciones realizadas in situ se han encontrado numerosos ladrillos esmaltados, la mayoría de los cuales pertenecían en su momento a la Apadana de Susa.

 

Otra muestra de la profusión religiosa de la Persia de antes de Jesucristo, concretamente, de la era Arsácida o Parta, son los restos del templo de Anahita —versión indoeuropea de la diosa semítica Ishtar—, que se encuentran en la carretera que va de Hamadán a Kermanshah.

 

Sin embargo, los arsácidas, —que llegaron a la meseta del Irán desde las estepas de Asia Central poco después de la conquista de Alejandro Magno y se hicieron con el poder de toda Persia alrededor del año 250 a. C. —, no aportaron mucho al arte arquitectónico, en gran parte porque seguían manteniendo su carácter nómada y estepario. En efecto, los arsácidas, a pesar de ser un pueblo iranio como el aqueménida, no nos legó grandes ciudades ni suntuosos palacios, e incluso a lo largo de sus casi 500 años de historia dinástica fueron varias veces las que mudaron la capital del imperio.

 

Es por ello que habría que esperar la llegada de los Sasánidas en el 224 de nuestra era para que en Persia volviese a brillar la estrella de las artes, de las letras y de la religión. Los Sasánidas, una dinastía local de reyezuelos que gobernaban en Fars bajo la égida de los partos, se tenían a sí mismos como herederos y responsables del legado de los Aqueménidas y consideraban a los partos una dinastía advenediza a la que había que expulsar. Una vez se hicieron con la corona de Persia, se llevaron a cabo varios cambios que se reflejaría en todas las artes del país. La imitación de los modelos arquitectónicos y artísticos de los sucesores de Ciro el Grande les llevó a la construcción de suntuosos palacios, aunque sin llegar a la majestuosidad de Persépolis. Erigieron ciudades, se estableció una capital, se tallaron en la roca las grandes gestas de los reyes sasánidas contra los romanos y otros pueblos “bárbaros”, se trazaron carreteras, puentes, y, quizá, lo más importante, se estableció como religión oficial del estado el antiguo culto zoroástrico, hecho éste que dejará un honda impronta en todos los aspectos, tanto materiales como espirituales, del pueblo persa. Esta “zoroastrianización” del nuevo estado persa empujó a éste a fomentar muchas obras de carácter religioso, y es por esto que a día de hoy todavía siguen en pie, en un estado más o menos ruinoso, centenares de pireos o templos de fuego, así denominados porque en su interior siempre había una llama encendida ya que los zoroastrianos tienen al fuego como el símbolo de Dios. Muchos de estos templos no fueron destruidos con la llegada del Islam sino que fueron reciclados y convertidos en mezquitas, así que, cuando el turista escuche de algún lugareño que la mezquita de su localidad tiene más años que la antigüedad del Islam, no debe pensar que exagera, sino que el templo en cuestión era un pireo en su día.

 

El arte arquitectónico de los sasánidas tuvo una honda influencia en el arte musulmán. Así, con la llegada de los árabes a Persia y la paulatina conversión al Islam del pueblo persa, éste comenzó a aplicar los estereotipos sasánidas de las construcciones tanto civiles como religiosas para aplicarlo a las mezquitas primero y a los santuarios después. Por ejemplo, la construcción en forma cuadrada con cuatro arcos y una cúpula pasó del arte sasánida al mundo islámico para usarlo en las mezquitas, al igual que las formas de los pórticos, o los habitáculos en forma de nicho alrededor del patio de una mezquita o un seminario.

 

Sea como fuere, la arquitectura de los primeros siglos de la historia de la Persia musulmana no se limita a la construcción o transformación de mezquitas sino que también, sobre todo a partir del siglo X, se pone de moda la construcción de grandes mausoleos para los reyes, torres funerarias, más concretamente, siendo las dos más famosas, la de Gonbad Qabus, en la ciudad del mismo nombre, y la de Ismail Samani, ésta última en Bujara, actual Uzbekistán.

 

Con la llegada de los turcos a Persia, primero los Gaznavíes, que permanecieron en la palestra real durante poco más de cincuenta años y luego los selyúcidas, que rigieron los destinos del Irán hasta el siglo XIII, todas las artes se ven transformadas por las aportaciones de esta nueva nación. La arquitectura, la alfarería, la caligrafía, la iluminación de libros y la pintura tienen un gran impulso en esta época, pero es en la arquitectura de las mezquitas en lo que esta dinastía más destaca. Y, en cuanto a los edificios civiles, su gran aportación está en las madrasas y en los caravasares, muchos de cuyos ejemplos no están sólo en territorio iraní sino también en Irak y Turquía, amén de los actuales países de Asia Central.

 

El periodo mongol e iljaní, en el siglo XIII al XV, aunque no es tan esplendoro como el selyúcida, no obstante, de él han sobrevivido hasta nuestros días muchos monumentos, uno de los cuales, la tumba del rey Jodabandeh, ha sido incluso declarado por la UNESCO patrimonio nacional de la humanidad. 

 

En lo que al tema que en este epígrafe estamos tratando —el arte y la arquitectura—, es la dinastía safaví, llegada en 1501, la que llevará a Persia a lo más alto del panorama artístico humano del momento, sobre todo, a partir de finales del siglo XVI.

 

Durante esta dinastía, todo lo realizado en Persia en todos los terrenos, —excepto, curiosamente, en el literario— durante más de 500 años de historia musulmana, cobra un auge inusitado no superado hasta la fecha, en especial, en el campo de las artes. Los tipos de caligrafías se multiplican, se crea el arte pictórico fino y delicado de la miniatura, se enriquecen los diseños gráficos de las alfombras y la azulejería, aumenta el número de tipos de tejidos, se embellecen los estampados, el repujado de metales se complica con más filigranas, y, la arquitectura, alcanza unas cuotas de “Mil y una noches” erigiéndose unos palacios de tal suntuosidad que habría que retrotraerse a 20 siglos, a la era aqueménida, para ver en Persia algo semejante.

 

El estado Safaví tuvo en un primer momento como capital la ciudad de Tabriz, para ser trasladada posteriormente a Qazvin. Durante el reinado de Shah Abbas el Grande la capital se trasladó a Isfahán, que permaneció ya como sede del trono hasta 1722, año en que desapareció esta dinastía. El Shah Abbas se propuso llevar a cabo un proyecto ambicioso para engalanar Isfahán, llevarla a los elevados estrados del arte humano para que pudiera rivalizar con cualquiera de las capitales tanto de Europa como de Asia, y lo consiguió.

 

Los palacios de Ali Qapu, Hasht Behesht y Chehel Sotun son algunos ejemplos de los edificios que siguen en pie y que fueron erigido por orden de Shah Abbas, viéndose en su exterior majestuosidad y, en su interior, belleza, lujo, e, incluso sensualidad en muchas de las decoraciones y dibujos de sus paredes. Todos los interiores de estos edificios nos muestran lo sibaritas que fueron todos los reyes de esta dinastía, tan celebrada entre los persas y que tan buen sabor de boca ha dejado.

 

 

Plaza del Imám, en Isfahán, legado de los Safavíes.

 

Pese a este desorbitado lujo, también los safavíes fueron unos soberanos prácticos. El Shah Abbas se percató de que la riqueza de un país está en proporción directa con las relaciones que éste tenga con el exterior. Diose también cuenta de que los habitantes de una nación, cuantos más variados sean más aumenta su potencial industrial y económico. Así, hizo venir a mercaderes de Europa, se establecieron relaciones con Italia, Francia e Inglaterra, se enviaron y recibieron embajadas, vinieron a Persia artilleros para enseñarles a los persas las nuevas artes e instrumentos bélicos, se establecieron en Isfahán órdenes religiosas, sobre todo católicas, un elevado contingente de armenios se estableció en Isfahán, creando una comunidad que sigue igual de activa a día de hoy, y así un largo etcétera que no es aquí lugar de describir. Para que el lector se dé cuenta de la importancia de los Safavíes para Persia, bástele saber que a ellos se les tienen como los verdaderos fundadores del Irán moderno. Es más, fueron los Safavíes los que instauraron el chiísmo duodecimano como confesión oficial, hecho que también se refleja en las artes, en especial, las sacras, pues nunca ninguna dinastía anterior puso tanto esmero y primor en la decoración de sus edificios religiosos como lo hicieron los safavíes, que cuidaban hasta el último detalle todos y cada uno de los azulejos, columnas, alfombras etcétera que se usaban en las mezquitas y santuarios.

 

Pero, todas las glorias pasan, aunque permanezcan sus restos, y en 1722, Persia es herida de muerte. La invasión de los afganos acaba con la dinastía safaví y el país se sumerge en un caos que perduraría hasta finales del siglo XVIII. Pero, una vez más, y cómo dicen en Irán, Persia renace nuevamente de sus cenizas cual ave Fénix, como lo hizo tras las devastaciones de Alejandro Magno, de los árabes y la de los mongoles, y aparece la dinastía de los Qayar, que perduró hasta 1925.

 

Aunque, por cierto, los Qayar no han dejado muy buen sabor de boca a los iraníes, sí se puede afirmar que es comienzo de la modernización —con sus pros y sus contras— del país, y ello se reflejará, para bien y para mal, en el tema que aquí estamos tratando.

 

Lo primero que hicieron al llegar al poder en 1798 fue trasladar la capital de Isfahán hasta la localidad, medio desconocida entonces, de Teherán. A partir de esta fecha, comienza el crecimiento urbano de Teherán y se erigen todo tipo de edificios administrativos, palacios, avenidas, parques, etcétera, que han configurado la actual capital del país durante poco más de doscientos años.

 

Entre las construcciones más llamativas de los Qayar caben mencionar la mezquita de Sepahsalar, con sus azulejos de siete colores, el edificio de Kolah Farangi, los palacios de Sorjeh Hesar, Shams Al Emareh y Golestán, en todos los cuales se vislumbra las primeras influencias de las pinturas y las artes europeas.

 

Con la llegada de los Pahlevíes en 1925 se produce otro cambio en la escena artística y arquitectónica, positivo en algunos puntos, y negativos en otros. Entre los negativos cabe destacar la sustitución de los materiales tradicionales por los modernos, como el cemento, el hormigón armado, etcétera. El hecho de que en las nuevas construcciones se contratase a ingenieros occidentales tampoco debe ser ignorando por cuanto la mayoría de ellos desconocían la arquitectura tradicional persa y lo que hacían era importar los modelos de sus países. En un lado que podría interpretarse bueno o malo dependiendo de los gustos, están los iraníes que estudiaron arte y arquitectura en el extranjero, que al regresar a Irán fueron los autores de un sincretismo en el que se fundían las viejas formas persas con los modernos cánones de Occidente. El resultado gusta a algunos, a otros no, pero, no obstante, puede afirmarse que algunas de las construcciones realizadas son verdaderas obras de la arquitectura moderna “sincrética”, como, por ejemplo, la Universidad de Teherán o la Torre de la Libertad (Bory-e-Azadi), que se ha convertido en el símbolo de la capital de Irán.

 

Sea de ello como fuere, no todo lo que se erige en la época Pahleví se hace bajo los cánones y los gustos de Occidente. Abundan los edificios que siguen siendo fieles a la impronta iraní, y en este sentido podemos visitar lugares tan emblemáticos en la misma capital, como el palacio de Saadabad, el Palacio de Mármol (Kaj-e-Marmar), el antiguo Club de los Oficiales (Bashgah-e-Afsarán), el edificio del Ayuntamiento, la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y el edificio de Correos.

 

Se debe insistir desde aquí que desde el mismo comienzo de su historia, los persas siempre han sido una nación sincrética, por lo que lo realizado en el siglo XX no debería sorprendernos... de las escrituras mesopotámicas elaboraron su alfabeto, simplificándolo, del arte griego se valieron para erigir el complejo palaciego de Persépolis, en el arte escultórico real acadio se inspiraron para sus leones alados, los partos amañaron el alfabeto arameo para escribir su lengua, adaptaron luego la escritura árabe a la lengua persa al convertirse al Islam, amoldaron la nueva religión a su idiosincrasia, y así un largo etcétera que son todas y cada una de ellas un testimonio de por sí de que los iraníes no han tenido prejuicios hacia las importaciones de otros pueblos. Y ello es válido también para el arte y la arquitectura aplicada en las construcciones del siglo XX, muy influida por Occidente.

 

SOCIEDAD Y CULTURA

 A todos los atractivos turísticos arriba explicados hay que añadir el que para muchos es el más importante a la hora de valorar un país como objetivo turístico: el sociocultural.

 

La existencia en Irán de diferentes etnias, religiones, confesiones, lenguas, estilos de vida, etcétera, convierten a este país en uno de los más interesantes de Oriente Medio. De toda esta complejidad étnico lingüística se deriva un no menos complejo sistema de fiestas, costumbres y tradiciones muchas de las cuales tienen como origen las antiguas leyendas iranias que casi todos los pueblos de la meseta del Irán comparten, y que se remontan a una noche de los tiempos en los que la legendaria dinastía de los Pishdadíes se confunde con la histórica aqueménida. Entre los pueblos iranios que habitan el actual Irán, cada uno con su lengua y costumbres particulares, figuran los persas —mayoría—, kurdos, baluches, gilakíes, luros, y otras minorías de menor número. Los no iranios son menos numerosos pero más abigarrados. Los más importantes son los azeríes, los turcomanos (ambos túrquicos), los asirios, los armenios (ambos cristianos) y los árabes, en Juzestán.

 

Existen otras minorías de difícil clasificación, como son los judíos, cuya presencia en Irán es tan antigua como la misma historia de Persia, o el remanente de Zoroastrianos (la antigua religión del país) que nunca se convirtieron al Islam, y que habitan mayormente en Yazd, Kermán y Teherán. Tampoco debemos los olvidar mencionar los más de dos millones de afganos (persas y pashtunes), además de iraquíes, que se han refugiado en Irán huyendo de la guerra.

 

Otras minorías son las numerosas tribus que pueblan el país y que se dedican al pastoreo y cuyo peculiar sistema de vida les ha valido el título de “lo más curioso de la era de la tecnología.” Entre las tribus más conocidas están los Qashqai y los Bajtiaríes, divididas ambas en centenares de clanes. Estas tribus realizan sus migraciones a lo largo de la cordillera de los Zagros, unas montañas cubiertas con poco más de diez millones de hectáreas en los que predominan los alcornoques, los almendros, los pistachos y otros árboles de menor abundancia. Las tribus se distinguen profundamente de los habitantes de las ciudades en casi todos los aspectos. Casi se podría decir que el único vínculo que une al miembro de una tribu a un habitante urbano es el de la religión común. Las tribus tienen su propia indumentaria, su particular dieta, su propia lengua en una gran parte de los casos, una música y un baile particular, sus ceremonias nupciales e incluso unos códigos de honor propios.

                           

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